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Occupando el Mat

Las mujeres, la valentía y la práctica

Kathy Cooper asistiendo un dropback en Ashtanga Baires

Para los practicantes del Ashtanga Vinyasa, el dropback es un movimiento difícil de entender. Requiere cuotas amplias de fuerza y flexibilidad, la famosa receta de Patanjali: sthira y sukha.

El mayor desafío de este movimiento es de encontrar espacio entre las vértebras para extender la columna sin dolor y luego contar con los poderosos bandhas para subir. Parte de esta tarea es tener un psoas largo y caderas abiertas. Pero quienes practicamos sabemos que asana no es un conjunto seco de indicaciones biomecánicas. Sus grandes retos, así como sus delicias, consisten en desatar nuestros nudos profundos (o granthis) y en desplegar nuestra fuerza interna — que en primera instancia nos toca cultivar. Mediante este proceso, pasamos por miles de estadios emocionales y corporales: miedo (inversiones), incomodidad (isquiotibiales), apertura (caderas), entrega (savasana), frustración (bhujapidasna, el salto para atrás). En el silencio de las posturas, vemos a nuestros demonios y también descubrimos un paisaje interno ilimitado.

Como instructores, tenemos la oportunidad de observar ciertos patrones psicofísicos que se repiten en muchos practicantes: la angustia que se traduce en un pecho cerrado, la exigencia que endurece trapecios, las lágrimas que se sueltan con las extensiones hacia atrás. Siempre presente en el dropback está el pánico de bajar (miedo a la exposición, la vulnerabilidad que desvela) y la tentación de volver lo más rápido posible: cierro el pecho y cargo los lumbares como si el cuerpo fuera un abrochador de papeles. Como el movimiento nos cuesta, queremos que se termine rápido y por ende le quitamos todo su belleza, salud y goce. Sufre la espalda y ocultamos las partes que más quisiéramos abrir. La vuelta plena del dropback comprende un enraizamiento firme, una columna libre, bandhas activos, brazos quietos, y la disponibilidad de dejar la cabeza para atrás hasta el último momento. Es el patrón opuesto de cómo andamos (en general) por la calle: los hombros colapsados, las piernas desarraigadas, y toda la energía puesta en la cabeza que nos lleva a pasear como un perro rabioso.

 

Yo veo la subida estilo “abrochador” en muchos practicantes pero es más notorio en las mujeres. Llevar la pelvis hacia delante, seguida por un pecho amplio y abierto va en contra de mucho de lo que nos han enseñado de cómo comportarnos como señoritas. Es un movimiento poco modesto y muy confiado: el corazón al plato. Más que dar detalles de alineación, me encuentro pidiendo a las practicantes que ocupen más espacio en este movimiento ascendente en lugar de pedir perdón corporalmente por haber intentado algo tan extravagante. Asana, en su esencia, es la búsqueda de más espacio, más apertura, y la gracia del movimiento intuitivo. Para muchas personas, esto requiere desarmar lo que Wilhelm Reich llamaba “la armadura del carácter”. Todos tenemos aparentes limitaciones físicas que la práctica de yoga nos permite redefinir. El movimiento del dropback nos ofrece una gran oportunidad para saber de lo que somos capaces. Es una bisagra entre la primera y segunda serie, la puerta de entrada a las aperturas intensas que nos esperan y la señal de que ya sabemos estar conectados arriba (prana) y abajo (apana) al mismo tiempo. Pero primordialmente, requiere el coraje de ser visto.

Si pensamos en todos los espacios que ocupamos en la vida, una alfombra de yoga es uno bastante reducido; pero noto cada vez más que algunos practicantes parecen temer llenar este rectángulo con sus cuerpos, y no puedo dejar de observar como este es un patrón en la vida de muchas mujeres. Como actuamos en la sala suele ser un fiel reflejo de cómo nos portamos en la vida (agitados, olvidadizos, disciplinados, flexibles pero débiles, fuertes pero endurecidos, el que se olvida de toalla, el que paga en término, el que deja la mochila, etc.). Cada vez que veo a una mujer subiendo del piso con el pecho cerrado, pienso en que bueno sería verla desplegar toda su fuerza, su volumen y su valentía.

A lo mejor todo esto es el producto de mi propia proyección. En este momento particular yo siento el impulso de esconderme en lugar de ser vista. Después de mucho tiempo de esfuerzo privado, me toca ocupar un espacio público a raíz de la publicación de Yoga Mala y la colección de libros que estoy editando. Yo soñaba con semejante oportunidad pero nunca creí que sería posible, de la misma forma que nunca pensé que me podría sostener en el pasaje de Bhujapidasana a catvari. Ese momento en la primera serie suele ser difícil y veo a muchas mujeres caerse de cola y mirarme desde el piso con los ojos derrotados. Es fácil leer su pensamiento: nunca voy a poder. Pero la experiencia nos demuestra que con mucho tiempo, disciplina y dedicación sí podemos, y de repente el cuerpo blando y pesado se vuelve brillante y liviano. La cola suba hacia arriba y las piernas vuelan hacia atrás. La cesárea que acreditábamos con nuestra falta de bandhas ya no nos limita. Los brazos nos sostienen en chaturanga y sentimos la magia de ascenso en lugar del colapso. Descubrimos que ocupar más espacio (con la espalda, los bíceps, la respiración y la mente) puede ser maravilloso.

Pero realizar estos movimientos en asana, y pararse en el escenario para presentar un libro, requieren fundamentalmente la capacidad de sostener el dristhi de otros, de creer que somos capaces de soportar ese peso y que somos dignas de ocupar el espacio: en el mat, en la vida pública, en la mesa, en todos los ámbitos posibles. Nuestros sueños, en asana y en la vida, no son extravagantes o vergonzosos. Hay una diferencia enorme entre el orgullo vanidoso y la capacidad de hacerse cargo del trabajo que hacemos: como madres, como profesionales, como practicantes en la sala.

Hace poco, mis hijos fueron destacados en una asamblea de su colegio por ser generosos y la psicopedagoga pidió que me levantara a recibir un aplauso. Me paré, pero instintivamente agaché la cabeza porque me dio vergüenza apropiarme de un logro que era de los chicos. Sin entrar en las complejidades del desapego y del ego, me arrepiento de haber mostrado a mis hijos que no pude pararme erguida y sostener la mirada de otras personas.

En mi práctica de asana, hacía con el dropback a medias durante mucho tiempo, apoyándome en el sostén de mis maestros, sin realmente jugarme. En un viaje, tuve la oportunidad de practicar en el shala de Lino Miele en Roma. Su sala es grande y había muchos alumnos, pero Rossana Galanzi vino a ayudarme con el dropback el primer día. Cuando volví la mañana siguiente, ya un poco menos nerviosa, me ayudó a una vez y después me dijo, “Ok, Giulia, lungo, lungo, lungo. Now you do it yourself.” Y se fue caminando a la otra punta de la sala. Durante unos segundos me quedé de pie, temblando, mirando como se iba, sintiendo que mi madre me estaba dejando sola en el jardín sin período de adaptación. Pero después me di cuenta que venía adaptándome hace años ya e inhalé lungo lungo lungo. Bajé y subí sola, cada poro de mi cuerpo abierto y exaltado.

Desde ese día, hago el dropback sola, a veces mejor, a veces peor, con y sin dolor, con y sin asistencia. Con el tiempo he aprendido a soltar el estilo abrochador y a abrir cada vez más el pecho, ocupando más espacio cuando subo y dejando la cabeza para el último momento — un pequeño detalle en lugar del capataz del equipo. Como me ha pasado con otras posturas y acciones internas de la práctica, este movimiento me enseña cómo puedo desplegarme en la vida. Mulabandha me ayuda a hacer mis declaraciones juradas (si, de verdad) y pincha mayurasana me quita inseguridad en el mundo laboral. Cuando llegue ese momento delante del público — no porque sea importante, sino porque me cuesta — voy a pensar en el dropback, en el movimiento que deseo ver en mis alumnas: no el florecimiento de un ego desmedido sino la plena expansión de un ser valioso.

No quisiera apoyarme aquí en un discurso feminista barato o reduccionista, pero queda claro que nosotras deberíamos ocupar más espacio en este mundo. Innumerables estudios demuestran que las sociedades son más justas, pacíficas y prósperas cuando las mujeres cuentan con derechos plenos y un rol público. Esto no tiene nada que ver con simplemente hacer ruido o imponernos burdamente, sino de contribuir todo nuestro talento y nuestros dones. Si no lo hacemos, no es culpa de los hombres o de nuestros padres, es porque no nos animamos a hacernos cargo de quienes somos o podemos ser.

 

Yo, personalmente, tardé mucho tiempo en ofrecer lo que me toca dar. Sigo investigando de lo que soy capaz, los limites que me autoimpongo y los limites reales (de las horas en el día, de mi familia, de mi cuerpo mismo). Todo el tiempo, observo el sube y baja de mi ego: me creo mil, me creo cero. Pero cada tanto descubro que es posible actuar desde el centro y encontrar allí la fuerza y el equilibrio que experimentamos en asana: la sensación de liviandad sin esfuerzo que se construye desde la fortaleza interna. Es la experiencia de estar exactamente donde deberíamos estar, gozándola.

 

Cada una tiene que encontrar ese lugar o, mejor aún, lugares. Malala Yousafzai, la adolescente pakistaní que desafió al Taliban ha pedido a las niñas del mundo de “Agarrar nuestros libros y lápices”. En las marchas recientes de mujeres en Estados Unidos, escuchamos a numerosas voces de mujeres que se animaron a ocupar un espacio muy público, mujeres famosas y otras anónimas: madres, hermanas, hijas, políticas, artistas, activistas y rebeldes. En Buenos Aires, las marchas de Ni Una Menos han convocado a miles de mujeres y hombres que repudian la violencia endémica contra la mujer. Este momento pide nuestra participación.

 

En su texto célebre, “Deberíamos todos ser feministas”, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie escribe:

“We teach girls to shrink themselves, to make themselves smaller. We say to girls: You can have ambition, but not too much. You should aim to be successful but not too successful, otherwise you will threaten the man. If you are the breadwinner in your relationship with a man, pretend that you are not, especially in public, otherwise you will emasculate him.”

 

El cambio, por supuesto, depende de nosotras. Si no sabés donde empezar, empezá ocupando el espacio de tu mat en la práctica, inhalando y exhalando como una expresión plena de quien sos, de quien podrías ser. Dejá de pensar que las posturas “avanzadas” son para otros, que nunca te vas a levantar del piso, que Kino MacGregor hace todo lo que puede porque no tiene hijos. Y luego, tomemos esa fuerza que adquirimos en la sala y llevémosla a todos los ámbitos de nuestras vidas. Seamos fuertes y flexibles, sthira y sukha. Quizás Patanjali nos puede ayudar a superar hasta el dualismo del género.

 

Nadie expresó mejor esta problemática que Marianne Williams. Esta cita es muy conocida, pero nunca me deja de impactar:

“Our deepest fear is not that we are inadequate. Our deepest fear is that we are powerful beyond measure. It is our light, not our darkness that most frightens us. We ask ourselves, Who am I to be brilliant, gorgeous, talented, fabulous? Actually, who are you not to be? You are a child of God. Your playing small does not serve the world. There is nothing enlightened about shrinking so that other people won’t feel insecure around you. We are all meant to shine, as children do. We were born to make manifest the glory of God that is within us. It’s not just in some of us; it’s in everyone. And as we let our own light shine, we unconsciously give other people permission to do the same. As we are liberated from our own fear, our presence automatically liberates others.”

 

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo. El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para hacer manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente algunos de nosotros: Está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

 

So drop back, girls, and then lift yourselves up.

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